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28 Oct

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Una interesante introspectiva sobre las tendencias políticas, que se pueden mecer con la misma indiferencia que las mareas del altamar; sin embargo, como profesionista de marketing, debo confesar que estuve atrapado por el excelente caso de estudio sobre marketing político que la película No, del director chileno Pablo Larraín, presentaba.

Sorteando obstáculos del día a día de una campaña de marketing en el mundo real, el personaje de Gael García Bernal (René Saavedra), los afronta con una intuición y claro talento nato por el marketing, recurriendo a focus groups y encuestas solo como herramientas para afinar algunos detalles, opuesto a delegar la responsabilidad de cada decisión a un grupo de ejecutivos o a un conjunto de encuestas.

Pero a pesar de su íntimo acercamiento hacia un suceso muy particular, el plebiscito chileno para remover al dictador Augusto Pinochet del poder, No es un comentario más profundo sobre la condición humana, sobre estar predispuestos a preferir la esperanza y la alegría por encima de todo, por más frívolo que esto parezca; por eso estoy convencido de que un futuro deprimente como quiera se parecerá más a Brave New World, que a 1984.

Basada en el libreto El Plebiscito de Antonio Skármeta, la adaptación por parte del escritor Pedro Peirano recuenta el paulatino involucramiento del ejecutivo de publicidad Saavedra, en la campaña que intenta remover al dictador. Se entiende que en aquellos tiempos en Chile varios miembros de la sociedad estaban satisfechos con vivir sus vidas en relativa calma, ignorando de manera egoísta las necesidades de los que se manifestaban a favor de una democracia total. Saavedra se siente que es una de estas personas, con una existencia cómoda como padre soltero, y con una carrera exitosa en mercadotecnia realizando comerciales ochenteros para sodas y novelas cursis.

Una vez que Saavedra observa de primera mano las brutalidades de la represión, se involucra con más convicción para la causa, a pesar del reproche de su esposa Verónica (Antonio Zegers), ferviente activista convencida que el plebiscito es un truco arreglado por parte del gobierno, la negatividad andando básicamente, fiel creyente de “ni para que votar”. El dueño de la agencia de publicidad donde labora Saavedra, Lucho Guzmán (Antonio Castro), para colmo, es consultor de la campaña derechista del Sí. Las tensiones para Saavedra se empiezan a manifestar en su lugar de trabajo, y conforme va agarrando fuerza el “No”, parecen atentar contra su seguridad y la de su hijo.

Los militantes izquierdistas están convencidos de que para quitar al General Pinochet se debe de recurrir al recuento de los desaparecidos, los asesinados, los reprimidos, a través de comerciales francamente deprimentes. Saavedra, cual experto en empaquetar cualquier cosa lindo y bonito para su consumo masivo, convence a todos para plasmar en la campaña frívolos mensajes de alegría, los colores del arcoiris y un pegajoso jingle. “Ya Viene la Alegría”, reza el mensaje de la campaña.

Una convincente interpretación por parte de García Bernal me deja convencido de que Larraín y Periano no pretendían que uno entendiera completamente a Saavedra, si bien se siente satisfecho al final de su victoria, es una felicidad complaciente similar a la de Cristiano Ronaldo metiendo su tercer gol en un partido amistoso; no se sabe si está satisfecho por su país, o por haber hecho bien su trabajo. García Bernal reserva sus emociones más sinceras para el hijo de su personaje, lo que comprueba que no es que el actor esté limitado; vaya descubrimiento, estarás pensando, García Bernal sabe actuar.

"No me digas"

“No me digas”

El uso de cámaras de la época por parte de Larraín y su director de foto, Sergio Armstrong, brindándole una textura singular y característicamente ochentera me dejó confundido, sin embargo. Funciona excelentemente para darle el toque de la época al filme, realmente uno se siente EN los 80’s. Pero como parte de un lenguaje cinematográfico, porqué Larraín está filmando una realidad a través de tecnología antigua?, es decir, la vida real no se ve a través de un filtro rusticón y pixeleado (las producciones realizadas en aquella época, o antes, se pueden justificar por obvias razones). Teniendo los recursos para filmar la vida real de los 80’s cómo se vivió en aquella época, pero decidir en no hacerlo, me dejó con la impresión de que estábamos viendo un recuerdo, siendo que este no es el caso, ya que nunca vemos a un Saavedra del 2013. Pero en fin, nada de esto, entiendo que fue por puras razones de estética.

Finalmente, lo que une a No como una producción redonda y contundente es el reparto, cada papel es ejecutado con maestría por parte de los mencionados Zegers, Castro, Luis Gnecco (como José Tomás Urrutia) y Marcial Tagle (como Costa), entre otros.

En No, Larraín y Periano han retratado un importante pasaje de la historia sudamericana de una manera fresca (a pesar de la cinematografía) y convincente; y de paso dándole bofetada con guante blanco a los mártires de la izquierda, lo cual se me hizo genial. Un filme que afirma la fuerza del positivismo, donde en 1988 la revolución sí fue televisada.

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