Magnolia

16 Apr

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La resistencia y a la vez, belleza, de la flor que le da el título a esta película es comparable a las cualidades de los personajes que Paul Thomas Anderson reunió para su tercer largometraje. O igual cada pétalo puede representar una de las vidas de las nueve personas en cuestión, y como se cierran y llegan a tocarse con la ausencia del sol, durante el momento más oscuro. A diferencia de sus otros proyectos, encontré que en Magnolia no hay un tema especial que consolide la trama, no es una historia durante un específico periodo pasado de la historia, ni es dentro de una industria peculiar, como la petrolera o la de la pornografía. Magnolia es más planita en ese sentido, es en el presente de aquel entonces, finales de los noventas, en el San Fernando Valley de Los Ángeles y ya con eso empezamos.

“Quería hacer la película definitiva sobre el valle de San Fernando”, dijo PTA en una entrevista; y para ello echo mano de nueve historias ficticias muy diferentes entre sí para ayudar a entender el caótico trajín cotidiano de esa parte de L.A. desde diferentes puntos de vista. Varios de los actores que le funcionaron en Boogie Nights, también basada en esa región geográfica, regresaron con Anderson para Magnolia, tal como William H. Macy, personificación total de los nervios a punto de explotar, Philip Seymour Hoffman como un enfermero lleno de compasión y Julianne Moore, una perra caza-maridos que le da un sentido a su vida cerca del final de la historia.

PTA en el set de Magnolia

PTA en el set de Magnolia

Anderson decide como cada vida se entrelaza con otra y entra en contacto con las demás, te expone a las inverosímiles casualidades desde el principio de la película, que empieza con una serie de escenas anecdóticas de la historia del Valle de San Fernando, como la vez que un buzo (un joven Patton Oswalt) terminó empalado en la cima de un árbol después de que un avión lo levantara del lago donde buceaba para ir a apagar un incendio forestal; o la vez que un tipo se aventó de la azotea de un edificio y durante su caída, por una ventana, la bala de una escopeta lo alcanza en el abdomen gracias a una pareja que peleaba con escopeta en mano en el tercer piso, esta pareja resultando ser sus padres. “Este tipo de cosas pasan” es una frase que repiten varios de los personajes, por más increíbles que parezcan, incluso cuando Anderson recurre a una de las plagas bíblicas para que caiga sobre la ciudad, uno de los personajes voltea a la ventana y comenta “es que este tipo de cosas si pasan”.

Tom Cruise aparece en lo que es una revelación histriónica como Franck T.J. Mackey, un seminarista misógino que les enseña a salones llenos de hombres faltos de sexo en su vida como “cazar” mujeres, “seduce and destroy” reza su slogan. Megalómano y exageradamente extrovertido y narcisista, el personaje de Cruise es desenmascarado poco a poco, a través de escenas que se intercalan durante las tres horas de la película, por una curiosa entrevistadora insistente en conocer quien es realmente este hombre. Por cierto, viendo a Cruise en este papel, rápidamente imagínenselo saltando en el sillón de Oprah, volteando mesas y regañando a Matt Lauer, me vino a la mente que estaba viendo a Christian Bale en uno de sus personajes más extremos, o cuando le iba a partir en la madre a ese pobre director de iluminación (porqué si es británico lo estaba regañando con acento americano?) y me acordé de lo que dijo Bale en una entrevista, que la personalidad que utilizó en American Psycho está basada en una ocasión cuando conoció a Cruise en el show de Letterman, “te saludaba con todo el entusiasmo del mundo y te apretaba la mano fuerte, pero detrás de sus ojos no había nada” dijo Bale en su momento. Cruise como T.J. Mackey es ese Cruise del que Bale hablaba, y le queda perfecto a la trama.

El maniaco Cruise como T.J. Mackey

El maniaco Cruise como T.J. Mackey

El frágil autoestima de T.J. Mackey se deteriora aún más cuando tiene un encuentro cara a cara con su moribundo padre, el legendario conductor de la televisión Earl Partridge (Jason Robards) en su lecho de muerte, sacando a relucir todos los traumas del pasado que habían hecho que Mackey se distanciara. El que se desvive por lograr esta reunión es el enfermero personal de Partridge, Philip Seymour Hoffman como Phil Parma, en un papel tan lleno de compasión y ternura que nuevamente, y entre un elenco repleto de estrellas y talento, hizo que mi inversión emocional estuviera con las escenas de Hoffman y verlo actuar, aunque fuera haciendo una simple llamada y rogando que no le colgaran. Julianne Moore es la joven esposa del moribundo Partridge y después de estar esperando por años a que se muriera el viejo, parece en el último momento sinceramente querer que no se vaya.

En otro pedazo de la trama, otro afamado conductor, Jimmy Gator (Philip Baker Hall) se entera que tiene cáncer y parece prepararse para su desenlace al estilo del señor Partridge. Y entre todo esto, William H. Macy es un patético (acaso no siempre lo es) adulto en crisis otrora genio y estrella infantil, deambulando por la vida recordándole a todos que solía salir en la tele en 1968 y como su padre le robó su dinero; por otro lado el niño genio Stanley (Jeremy Blackman) de diez años está harto de ser una estrella de televisión donde utiliza sus conocimientos para ganar dinero y complacer a su padre. Hay una escena fundamental a la mitad de la película, donde todos los personajes principales cantan por separado “Wise Up” de Aimee Mann, algunos en sus cuartos, o en sus carros, repiten el refrán “it never stops”; y así esto nunca para, una leyenda de la tv se muere de cáncer mientras otra se entera de que tiene cáncer; una antigua estrella infantil vive como adulto en la miseria mientras otro niño batalla por cambiar el rumbo de su joven vida como una simple estrella infantil, cuando Stanley le pide a su padre por la noche que “lo trate con un poco más de respeto”, el padre simplemente lo manda a la cama. “Esto nunca para” y Anderson nos cuenta cómo va a acabar Stanley, igual que el personaje de William H. Macy.

Hoffman. Genio.

Hoffman. Genio.

Visualmente, Magnolia es el final de un estilo de Paul Thomas Anderson; es la última entrega que hace con un movimiento de cámaras tan desenfrenadamente noventero; hand-helds, steadycams, dollies, todo arsenal para darle una dinámica frenética a su uso de cámaras que, junto con la edición, hace que tres horas de película parezcan en todo momento los últimos minutos de un filme de Scorsese. A partir de Punch-Drunk Love se vería un Anderson más pausado en sus encuadres, tendencia que llegaría a su máxima expresión en There Will Be Blood y The Master, antes de finalmente regresar a un vintage PTA en Inherent Vice, donde regresa ese estilo de cinematografía y de rápidos cortes en la edición; habrá que ver por cual estilo se decanta para su próximo trabajo.

Uno de los proyectos escritos y dirigidos por Anderson que seguramente lo tendré presente en mi memoria por mucho tiempo, Magnolia tardó algunos días en cuajarse en mi supuesto buen gusto, pero ahora ya no pretende salirse de ahí. Parece que tres horas me iban a dejar con un semi-dulce sabor en la boca de que algo había quedado incompleto, pero créanme, deben quedarse para el final y este no decepciona; le da un cierre impresionante a este ambicioso proyecto como solo el maestro más hábil puede terminar de amarrar un nudo con un listón alrededor de una caja dentro de la cual vació todo su corazón.

P.S. Ahora esta canción de Aimee Mann, “Save Me”, que fue escrita para la película y nominada a mejor canción en los Oscares del 2000.

4 / 5

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