Metropolis

12 Jan

Uno de los pocos privilegios de arribar tarde a la degustación de los clásicos del cine es que en el caso de un inmortal del cine mudo como Metropolis, con 90 años de historia, uno no tuvo que pasar por alguna de las versiones de los distribuidores norteamericanos, los que le mocharon hasta una cuarta parte para re-acomodarla, insertarle nuevos diálogos entre las escenas y recortar a personajes fundamentales para las tramas alternas de la obra. Uno tampoco tuvo que haber aceptado la restauración y re-musicalización de Giorgio Moroder en 1984, como la versión definitiva por varias décadas, el cual reemplazó el clásico soundtrack wagneriano, por canciones de Pat Benatar, Freddy Mercury y demás artistas pop. Ahora, a partir del 2010, uno puede apreciar lo más cercano a una versión completa, que incluye el soundtrack original, re-grabado por la Berlin Radio Symphony Orchestra, pero más importante aún, la reintegración de casi media hora de contenido, después de que una versión de la película fue encontrada en filme de 16mm en un museo de cine en Buenos Aires, la cual fue restaurada por años y a un gran costo, para entregarle al mundo la película que el director Fritz Lang originalmente había concebido; dicen que esta última versión es solo 4 minutos más corta que la versión original.

La obra de Lang, basado en la historia escrita por Thea von Harbou, es el primer ejemplo de la ciencia ficción, por lo menos el más influyente e importante. Fue una producción gigante, con un costo, de $15 millones de dólares (valor en 2017) únicamente por la filmación (que duró casi un año), un elenco de 25,000 personas (la mayoría extras, claro), enormes sets y numerosas innovaciones dentro del área de los efectos especiales, como aquel conocido como el efecto Schüfftan (inventado por Eugen Schüfftan), donde se utilizaban espejos para insertar a actores en sets miniaturas; la utilización de espejos dentro del mundo de los efectos especiales sería una práctica común en las décadas posteriores. La prominencia del art decó dentro del diseño de la producción ayudaría a que aquel estilo estuviera de moda por el resto de los 20’s.

Metropolis

Desde las primeras escenas, de la ciudad homónima de la película, Metropolis, uno recibe el impacto de la influencia que ha tenido a lo largo de la historia del cine; desde Blade Runner a A.I., de Gattaca a The Matrix y cualquier científico loco desde “La Novia de Frankenstein”, hasta nuestros días; la visión artística de una metrópolis futurista, ya sea utópica o distópica, viene de Metropolis. Lang, por su parte, se inspiró en los rascacielos cuando visitó Nueva York por primera vez, así como en la legendaria Torre de Babel (cuya historia figura de manera importante dentro de la trama), así como novelas de H.G. Wells. El “Frankenstein” de Mary Shelley también se siente presente, en cuanto al concepto del engendro humanoide que provoca el temor en las personas.

El temor por la tecnología es el motor que impulsa a la trama de Metropolis, la primera película de ciencia ficción ya anticipaba la preferencia del género por el temor a los nuevos conocimientos. En la deslumbrante capital de Metropolis, los aristócratas juegan y se divierten entre lujos y los últimos avances de la tecnología; mientras que debajo de esta ciudad, existe otra para los obreros, un lugar austero, donde las jornadas duran 10 horas exactas, y la clase trabajadora nada más vive para laborar. Todo está regido por el poderoso empresario, Joh Fredersen (Alfred Abel), mientras que su hijo idealista, Freder Fredersen (Gustav Fröhlich) se congracia con el olvidado proletariado, después de que accede sin querer al bajo mundo mientras buscaba a su interés romántico, la bella Maria (Brigitte Helm).

En esa ciudad subterránea, Freder observa a los obreros laborando al unísono, bajando palancas, girando ruedas, en un ritmo grupal que recuerda al funcionar de un reloj suizo; hasta que una explosión en una de las enormes máquinas provoca que varios empleados salgan lesionados, y Freder, en su horror, alucina como algunos obreros son alimentados hacia una máquina que se ha convertido en un enorme monstruo, parecido al dios de Canaán, Moloch. El mensaje comunista del filme es claro y hasta insistente, el sufrimiento del proletariado a manos de las clases mejor acomodadas. Freder acude con su padre, quién despiadadamente ignora los suplicios de su hijo y peor aún, se entera por medio de su jefe obrero, Grot (Heinrich George), que los trabajadores planean sabotear las máquinas, liderados por (casualmente) la bella Maria.

Maria (Helm), durante la inundación después de la destrucción de las máquinas

El padre Fredersen acude al viejo científico loco Rotwang (Rudolf Klein-Rogge) para buscar su ayuda en desmantelar la próxima revuelta de los obreros, y entra en escena el androide creado por Rotwang, a quién le asigna la identidad de Maria (después de secuestrar a la Maria original), para destruir su reputación con los trabajadores. El clon de Maria seduce a los hombres de Metropolis con unos bailes seductores en el antro Yoshiwara (homenaje a la zona roja de Tokio) y los convence de que sería una buena idea destruir todas las máquinas para ser libres. El desastre azota a los ciudadanos de Metropolis cuando las máquinas dejan de funcionar, el caos reina por todos lados, y en medio de todo, Freder busca rescatar a la verdadera Maria de las manos del enloquecido Rotwang.

El mensaje principal de la película: “El mediador entre la cabeza y las manos debe ser el corazón!” (así, con signo de exclamación), es utópico e idealista, y recae en algún personaje su rol principal en la trama, estos son: el corazón/mediador (Freder), la cabeza (el padre, Joh Fredersen) y las manos (Grot). El director Lang llegó a arrepentirse de su obra maestra en años posteriores, al resto de nosotros, no nos queda de otra que re-evaluar esta película como una de las influencias más grandes que ha tenido el cine mundial.

4.5 / 5

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