La Vendedora De Fósforos

22 Apr

El director y escritor Alejo Moguillansky (El Escarabajo de Oro, El Loro y el Cisne) encierra en su último filme un conjunto de tramas cotidianas que se enredan en torno al proceso creativo, en este caso una adaptación de La Pequeña Vendedora de Fósforos, de Hans Christian Andersen, en el teatro Colón, y musicalizada por el compositor avante-garde Helmut Lachenmann. Las instrumentalizaciones abstractas del compositor alemán dejan perplejo a Walter (Walter Jakob), el encargado de montar la puesta en escena, y a su equipo de producción. Las dificultades en vincular la música concreta del compositor con el delicado mensaje del cuento de Andersen son, a final de cuentas, los cabos sueltos que inspiran subconscientemente a Walter, profesionalmente, así como en su vida personal, donde trata de sobrellevar una “vida familiar” con su expareja Marie (María Villar) y la hija de ambos, interpretada por Cleo Moguillansky, hija del propio cineasta de esta película.

Los mágicos humos subconscientes del proceso creativo se cuelan por cada una de las tramas tangentes de la historia principal. Mentes distintas empiezan a razonar en un mismo plano; un texto de Da Vinci sobre la explosión de un volcán, la música de Schubert, y unos “daneses burgueses” (que nunca vemos), se filtran en el diálogo de aquellos involucrados en la planeación de la puesta en escena, como si este microcosmos de la vida bonaerense empezara a respirar como un solo ente vivo.

Walter y Marie

Marie, compartiendo la carga económica de la crianza de su hija Cleo, cuida de una señora mayor, la destacada pianista Margarita Fernández (interpretando a ella misma). Marie la llama como “la vieja”, a pesar de que la señora trata de inculcarle el gusto por las piezas de Schubert y Beethoven, no para presumir sus dotes en el piano, pero para compartir en la sublime belleza, que parece, es lo único que la mantiene viva en el ocaso de su vida. La indiferencia de Marie hacia su “vieja” es tal, que le roba sus ahorros para poder comprar un piano en la casa.

La estética minimalista de Moguillansky es un contrapunto a la cacofonía de tramas y referencias, y el lente de la encargada de foto, Inés Duacastella se permite solo algunos lujos contados, como cuando Walter decide grabar a un grupo de niñas recitando las palabras del cuento de Andersen, a la luz de una vela. Duacastella alterna entre una composición fotográfica convencional para el trajín cotidiano de los personajes, y un hand-held estilo cinéma vérité para las escenas adentro del teatro Colón, dándole un aspecto documentalista al trabajo creativo que se realiza dentro del recinto.

Las durezas económicas que Marie tiene que lidiar puede justificar su insensibilidad hacia la pianista. Cuando Cleo roba una carta de la “vieja”, Marie no tiene los fundamentos morales para recriminarle a la niña; en el documento, escrito por un antiguo amante alemán de Margarita (la “vieja”), Moguillansky se aprovecha para insertar el tópico de la frivolidad de la música, de su existencia como un juguete de los burgueses. El amante, miembro de la Facción del Ejército Rojo alemán, organización de la extrema izquierda activa durante los 70’s, le describe a Margarita la desolada situación política de su país en aquel entonces, y Moguillansky nos invita a ver paralelismos entre aquella encrucijada sociopolítica y la de la Argentina actual. Marie robándose los ahorros de Margarita para comprar un “juguete” de los burgueses, un piano, justifica temáticamente su acción tan ruin.

Alejo Moguillansky

Para terminar de extender aquel tema del inconexo burgués y su música, el cineasta presenta como ligera inconveniencia el paro laboral del conglomerado de trabajadores del transporte público bonaerense hacia los planes productivos del equipo dentro del Colón. No vemos al proletariado argentino marchando por las calles, en alguno de aquellos famosos cacerolazos, no sabemos que pretenden y que exigen a sus compatriotas. A lo mucho, vemos la inconveniencia para Walter, después de un ensayo, en obligar al compositor Lachenmann a que camine unas cuadras hacia el departamento de Margarita, para reunirse con Marie y Cleo. Donde todos los presentes, en un último y único encuentro comunal, disfrutan de interpretaciones al piano de Margarita y Lachenmann; nosotros como espectadores, disfrutamos aún más el suceso único, a sabiendas de los conflictos por venir; es difícil que Margarita no note la ausencia de sus ahorros y la producción en el Colón continuará, con paro del transporte público.

La Vendedora de Fósforos, la película, está dividida en capítulos, algunos, como el capítulo 1 llevan el título de “La Resistencia de la Música”, y otros, como el capítulo 3, “La Música de la Resistencia”; como un intento de Moguillansky por darle una forma más definida a su obra; mientras que el título del filme, al principio del mismo, así como los créditos al final, parecen ser dibujados en delicada manuscrita sobre pentagramas, entre notas, silencios, y demás notación musical, cual recuerdo de la importancia que Moguillansky le reservó a la música en este largometraje, pero más como concepto que como arte, pues más allá de las piezas de los mencionados Schubert y Beethoven, junto con Bach, Mozart y otros compositores clásicos, queda para nuestros oídos el vanguardismo de Lachenmann y una insípida pieza original para clavecín durante algunas de las escenas más dramáticas. El director argentino prefiere musitar sobre el papel de la música dentro de la sociedad.

La Vendedora de Fósforos, la película, refuerza a Moguillansky como uno de los principales exponentes del llamado nuevo cine argentino, ganó el premio a Mejor Película Argentina en el BAFICI del 2017, pero difícilmente encontrará un público más amplio. Es el resultado de una visión cinematográfica sin concesiones, un bálsamo de luz para el espíritu independiente, en Argentina, y en el resto de Latinoamérica.

2.5 / 5

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