Coco

5 May

En el vasto mundo de la animación, los dioses Disney y Pixar han hecho entrega, a lo largo de los años, de películas dignas de admiración por su excelencia temática, técnica y ejecución. Tomando en consideración que sus productos van dirigidos para niños principalmente, pero cuya crítica estará compuesta exclusivamente por adultos egoístas que se les olvida que es una película infantil, siempre es un reto para la productora Pixar equilibrar el tono de la narración, el guion, y hasta del humor dentro del filme. Aun así, Pixar ha entregado puras joyas alabadas por todo tipo de público desde la primera Toy Story, pasando por Wall-E, Up, Inside Out, las otras Toy Story, etc.

Ahora Coco es propuesta como la mejor entrega de la compañía, y eso habla de lo prolífico que es aquella productora, cada nueva película aparenta ser mejor que las pasadas, incluso cuando el estándar ya es bastante elevado. La que originalmente iba a ser llamada “Día de los Muertos” (cuyo nombre original fue vetado después de un mini-fiasco de relaciones públicas), es, dejando las comparaciones de lado, una película completa que toca temas como la familia y la muerte con levedad, pero cuya trama resuena en nuestras propias vidas de tal manera que, dicho simplemente, mucha gente terminó chillando al terminar la película. Y no menos importante, la animación empleada en Coco es algo que seguramente no habías visto en tu vida.

Miguel con su tatarabuela Coco

No me voy a poner en un plan super condescendiente, como algunos compatriotas, especialmente los mexico-americanos en E.U.A. (donde aparentemente la gente tiene más tiempo y comodidad para hacer grilla por cosas como la “apropiación cultural” o por Apu de Los Simpsons) y ponerme como la máxima autoridad de la cultura mexicana (o “MI CULTURA”, como la llaman algunos) y ponerme a criticar toda la producción, porque ahora resulta que soy la máxima autoridad en cuanto a chistes sobre piñatas se refiere, solo por ser mexicano. He visto críticas de chicanos sobre como “el hombre blanco (perenne fuente del mal y enemigo eterno de los chicanos) no disfrutará completamente el filme porque no entenderá algunos chistes rebuscados sobre la selección mexicana de fútbol o Frida Kahlo”; uy!, no pues hay que tener cuidado con tan tremendas referencias culturales sofisticadas que ni Robert Langdon hubiera encontrado jamás. A veces dan ganas de precisar que México es más que lo que incluso los chicanos piensan: fútbol, luchadores, Frida Kahlo, piñatas, chanclas aventadas, pan dulce, mariachi, etc…pero precisamente dije que no iba a ponerme en este plan y ya llevo un párrafo, así que fin del rant.

La película empieza con un recuento de lo que fue el antiguo héroe de la música mexicana, Ernesto De La Cruzc (un clon de Pedro Infante), y como abandonó a su esposa Imelda Rivera (Alanna Ubach) y a su hija de 3 años Coco. Imelda no se tiró a la depresión y empezó un fructífero negocio de zapatos, que en el presente todavía es atendido por la familia Rivera; el abandono de Ernesto causó un fuerte rencor en Imelda por la música e impuso una veda a todo tipo de expresión musical en su familia; todo esto contado en una linda animación en papel picado (por supuesto).  Miguel Rivera (voz por Anthony Gonzalez) es un niño en Santa Cecilia, típico pueblito mexicano del interior del país que está destinado para hacer zapatos como el resto de su familia. Su abuela Elena (Renée Victor) le impone la prohibición por la música a pesar de que lo quiere mucho, pero Miguel realmente desea ser un músico como su ídolo Ernesto De La Cruz, ensaya clandestinamente su guitarra con su fiel compañero, el perro xolo Dante, a su lado, mientras él imita a su ídolo en viejas películas VHS y álbumes.

El espectacular mundo de los muertos

El conflicto se suscita cuando Miguel trata de perseguir su sueño musical, y ahí está su familia para prohibírselo. Cuando trata de robar una guitarra del mausoleo de Ernesto De La Cruz, por alguna razón mágica (llámese “es una caricatura”) se transporta al mundo de los muertos donde conoce a sus antepasados. Ahí está Imelda y otros familiares fallecidos, y para sorpresa de nadie, tampoco aprueban las ambiciones musicales de Miguel. Así que el niño, con la ayuda de un esqueleto vagabundo, el jocoso Héctor (Gael García Bernal), sale en busca de Ernesto De La Cruz, para conseguir su bendición, cosa necesaria para regresar al mundo de los vivos.

Y de ahí se suscitan el resto de los plot-twists que tanto nos gustan, pero independientemente podrán apreciar una historia llena de color, literalmente, es cierto que la cultura mexicana se presta mucho para los paisajes coloridos, y verán como en la pantalla brilla como oro el naranja del cempasúchil, el plateado de las máscaras de luchador, y el multicolor de diversas artesanías, flores y fuegos artificiales. Esto se magnifica en el “mundo de los muertos”, donde el director Lee Unkrich toma de las obras de Miyazaki, y reconocerán la proverbial torre futurista que siempre aparece en la ciencia-ficción, como Metropolis y Blade Runner, y que en este caso sirve como la morada del ídolo De La Cruz.

Ya había hablado de la calidad de la animación, y podrán asombrarse sobre lo real que se ve el cabello de los personajes, o las arrugas en el rostro de Coco, la abandonada niña que ahora es la tatarabuela de Miguel. Los personajes en el mundo de los muertos, son esqueletos más graciosos que amenazantes, y aunque visto desde un punto de vista general se puede considerar a todo este aspecto como macabro, especialmente para niños en otras culturas del mundo donde no se celebra algo como el Día de los Muertos, nunca sentí que los guionistas Adrian Molina (co-director también le pusieron) y Matthew Aldrich, se despegaran del tono que todo mundo espera de algo que lleva la marca Disney, incluso hay uno que otro chiste que son más oscuros y aluden directamente a la muerte de una persona.

Los números musicales son divertidos y las composiciones de calidad, desde la conocida “Remember Me” a “Un Poco Loco” (un dueto entre Miguel y Héctor) y una reinterpretación de la canción tradicional “La Llorona”. El soundtrack musical, por su parte, corrió a cargo del reconocido Michael Giacchino. Es notorio el cariño que el equipo de Unkirch y Molina pusieron en hacer la investigación cultural (estuvieron algunos meses en México), el resultado, más que “correcto” o “respetuoso”, es dinámico y entretenido, cometido final de cualquier espectáculo, porque no es un documental. Miguel, y el público, aprende sobre los valores familiares, la muerte y el amor. Coco, la llaman una carta de amor a México, me gusta más para que sea una carta de amor al buen cine.

4 / 5

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