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The Beatles: Eight Days A Week – The Touring Years

16 Jul

Le di un llegue a un documental más sobre los Beatles, en este caso fue The Beatles: Eight Days A Week – The Touring Years, algo así como tres títulos para darle presentación a este documental sobre los años de gira de la banda, de 1963 a 1966, que abarcan las giras oficiales de la banda por el mundo. Dirigido por el reconocido y talentoso, pero realmente blando, Ron Howard, el documental es, a final de cuentas, entretenido para los que se están iniciando en la banda, pero simplemente una pieza acompañante para los fans que ya llevan mucho tiempo consumiendo los trabajos audiovisuales del grupo.

Es imposible no tomar como parámetro, una vez más, el que yo considero es el documental definitivo de la banda, en parte porque es el único oficial producido por The Beatles: la expansiva y ambiciosa The Beatles Anthology de mediados de los 90’s, un monstruo de como 10 horas que analiza no solo el impacto cultural y comercial del llamado “cuarteto de Liverpool”, pero que trata de indagar más en ellos como personas y en sus tiempos y circunstancias (y que, como cualquier proyecto “oficial” de cualquier artista, no es completo, y si se quiere llegar a un retrato más o menos holístico del grupo, habrá que complementar con libros como “The Love You Make” del confidente Peter Brown, y “Here, There & Everywhere”, del ingeniero de grabación Geoff Emerick…entre otros…donde vienen los detalles más sórdidos de la historia).

Y no hay que culpar a Howard, desde las primeras escenas queda claro que lo que quiere retratar es la energía y la locura de los Beatles de gira, durante tres efímeros años, TRES! En comparación, los Rolling Stones (“los Rolling” para los chilangos) llevan como 2,700 años haciendo conciertos. En ese aspecto el trabajo es exitoso, te da un vistazo a las presentaciones en escena, los alaridos del público, los esquemas de seguridad en torno a la banda, toda la bendita locura que desató este grupo a principios de los 60’s. Obligatorios son los cortes de edición rápidos para darle premura a la narración, porque mientras Anthology tuvo 4 horas para contar esta etapa del grupo, Eight Days A Week lo tiene que hacer en una hora, 45 minutos. Hamburgo es solo una anécdota, y ni la más mínima mención a Astrid, Jürgen y Klaus, mucho menos al “quinto Beatle” Stuart Suttcliffe.

Uno de los segmentos coloreados, en este caso la conferencia de prensa al aterrizar en Nueva York

Es la necesidad, y la intención, de Howard en mantener un ritmo vertiginoso, que pueda emocionar al público casual, sin atorarse en detalles importantes de la trama personal del cuarteto. Estás bien…lo que si molesta un poco es la continuación en la saga de Paul McCartney, ya en edad avanzada y precavida, de lavar la imagen del grupo hacia una posteridad de la cual estará ausente. Ya desde Anthology, un McCartney en sus 50’s, nos decía como el mensaje del grupo era de “amor, paz y comprensión”, y no es que no me gusten esas cosas, pero los Beatles eran mucho más que una tarjeta bonita de Hallmark. Que se le va a hacer, es lo que pasa cuando los dos integrantes más comerciales, McCartney y Starr, son los únicos que quedan para dar la cara.

El material es bueno, sin ser excepcional; se incluyeron varios videos que no se habían visto antes, cortesía de asistentes a conciertos que hicieron sus propias grabaciones personales (un lujo en aquel entonces, ahora todo mundo se la pasa grabando en un concierto), especialmente hay bastante material agregado del último concierto de la banda, en el Candlestick Park de San Francisco. Pero al igual que con el documental sobre George Harrison de Martin Scorsese, uno termina viendo material videográfico reciclado, y alguna de la coloración artificial que se le da a algunos videos, como la presentación en Washington D.C. después de la presentación en Ed Sullivan, se ve por momentos simplemente raro, los trajes de los policías de un azul muy claro, por ejemplo. La simpatía y dinamismo de los cuatro integrantes, sin embargo, sale a relucir por encima de todo, podemos apreciar su camaradería y su reconocido sentido del humor, y esto no es gracias al filme, sino simplemente así eran.

McCartney en la primer fecha en el Shea Stadium

La energía de las presentaciones en vivo también se les reconoce, aunque el corto tiempo que Howard tiene para contar esta historia hace que por necesidad muchas presentaciones y grabaciones sean recortadas después de unos cuantos segundos y justo antes de que llegue a tu parte favorita de la canción, algo que después de una docena de veces, empieza a ser MUY frustrante. La edición de Paul Crowder es tibia, si alguna vez tienen la oportunidad de comparar la escena donde es presentado el concierto en Shea Stadium de este filme con la misma escena en Anthology, sabrán a que me refiero; una va incrementando la tensión gradualmente, pone los nervios de punta como si uno fuera a tocar; la otra es un conjunto de escenas blandas, con Whoopie Goldberg dando un testimonial sobre su trip al concierto.

Y eso es otra cosa, amo a Elvis Costello y ya sé que mama a los Beatles, así que las flores que les tira en este documental realmente no me interesan; este conjunto de testimoniales diversos, de algún compositor, o escritor, o periodista (el documental por un momento parece ser el documental sobre el periodista Larry Kane), todos estos personajes le dan un toque medio VH1 al trabajo, gente ahí opinando pero que ni estuvo presente.

Pero lo más molesto es esa santificación de los Beatles por Ron Howard, el director exageradamente decente (Opie del Andy Griffith Show, a final de cuentas). Eight Days A Week busca compaginarse con los temas progres y millenials de hoy en día, se hace mucho hincapié sobre una presentación en Jacksonville, donde los Beatles no se hubieran presentado si el público hubiera estado segregado en blancos y negros por separado. Se incorpora el testimonial de una chica afro-americana que fue al concierto, de periodistas, en fin, se detiene la trama mucho tiempo en ese suceso intrascendente de la banda. Y no es que me moleste el final a la segregación, ni que fuera un monstruo…pero no me van a venir ahora a decir que John Lennon era un santo, cuando si se investiga bien sobre su persona, se sabe que era una persona en el mejor de los casos MUY complicada, sino es que de plano ruin y cruel.

Una que otra grata sorpresa, como esta imagen de los Beatles en las Filipinas…y a color

El documental notablemente hace un corte durante la presentación de McCartney hacia el público en un concierto…donde en Anthology ya sabemos que acto seguido, Lennon se puso a aplaudir y golpear los pies sobre el entarimado imitando a una persona con retraso mental, algo que jamás hubiera salido en el docu de Howard. Tampoco se menciona al Ku Klux Klan durante las amenazas que recibió el grupo en la última gira por el sur de los E.U.A., el KKK siendo un tema tan controvertido en E.U.A. que estoy casi seguro que Howard mejor decidió dejarlo completamente de fuera. Ese giro super progre para millenials bebés norteamericanos conservadores es algo que a mí se me hace forzado, pero que seguramente tendrá encantado al ñoño de McCartney.

Predecible, manso, a este documental lo salva la personalidad de los Beatles y la calidad de su música, es poco lo que se puede descubrir aquí, pero para alguien que no ha visto mucho sobre la banda, puede ser un buen referente de la Beatlemania y lo efímero que fue realmente la carrera de esta gran banda.

P.S. Aquí una entrevista promocional con Howard, McCartney y Starr:

2.5 / 5

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Stop Making Sense

13 Dec

Cuando uno piensa en el mejor filme de un concierto puede que uno imagine una colección de clichés: públicos enloquecidos, fuegos artificiales, tomas con cortes de edición rápidos, vestuarios estrafalarios y hasta enormes objetos inflables. Uno no se imagina a una banda en un simple escenario con luz minimalista, simplemente tocando, y con casi nulas tomas del público. Pero es precisamente lo que enaltece este trabajo de Talking Heads, concebido por su líder David Byrne, junto con el director Jonathan Demme (El Silencio de los Inocentes, Filadelfia). La exuberancia de la banda al tocar música es lo que cautiva, simple gozo por todo el escenario, retratado con el buen gusto de Demme, tomas creativas pero sencillas, y una edición que permite a cada toma respirar, que lo hace a uno no perder la atención y disfrutar la ejecución de cada músico. Un resultado final increíble, un parteaguas entre filmes de concierto como The Song Remains the Same y filmes musicales más artísticos, aunque me cuesta recordar algo tan emblemático como Stop Making Sense, en años más recientes.

El inicio es sencillo, una proyección de los créditos (en el font de Dr. Strangelove, font que también se puso de moda hace unos años en cosas como Where The Wild Things Are); acto seguido un close-up a los pies de Byrne, en unos Keds blancos, que se acercan hacia el micrófono, pone una grabadora en el piso y lo escuchamos decir “quiero ponerles algo”, para después escuchar una caja de ritmos, aparentemente proveniente de la grabadora, pero realmente es ya parte del sonido del concierto, y la caja de ritmos en cuestión es la clásica Roland TR-808 (la 808). La cámara panea hacia arriba y Byrne, con todas las luces prendidas, y el background del escenario pelón, hace una interpretación acústica, pero prendida, de “Psycho Killer”, una rola que para 1983 ya era bastante conocida. Esto establece el precedente de que Byrne, con pura guitarra y voz, sigue siendo un gran frontman, especialmente para más adelante en el concierto, cuando la banda completa, vestuario e iluminación ensalzan la presentación.

Byrne al principio, interpretando “Psycho Killer”, el fondo austero

Para la segunda canción “Heaven”, se le une la bajista Tina Weymouth, con sus pasitos/brinquitos que repetirá una y otra vez hasta el final del concierto; el baterista, y que tiene pinta más de casual godín, Chris Frantz, se une para el tercer número “Thank You For Sending Me An Angel”, el guitarrista/tecladista Jerry Harrison para la siguiente rola, “Found A Job”, y finalmente, los miembros del crew, empujan hacia el escenario los estrados restantes, de la banda acompañante: percusionista, tecladista, coristas; todos de raza africana, para entrarle con todo al que era el nuevo sencillo de la banda (y más grande éxito, a la larga), la energética “Burning Down The House”.

Los técnicos del crew van y vienen armando el escenario, desde el punto en que Byrne estaba solo con su guitarra frente a un background desnudo, hasta que el show se convierte en un espectáculo completo, con los fondos cubiertos de negro ahora proyectando cualquier cantidad de imágenes y mensajes, todos los músicos sudando, Byrne bailando con una lámpara; un show para disfrutarse más como una obra de arte holística, porque, a pesar de todo, Byrne, Weymouth y Frantz eran estudiantes de arte cuando se conocieron, y esa preferencia por lo dramático se seguía proyectando en su álbumes, y en este filme, que encajaba perfectamente con la destreza de Demme.

Nada de sexualidad, pura música, de hecho, Byrne bailando como epiléptico en su enorme traje sastre, durante “Girlfriend Is Better”, es lo menos sexual que pueda haber, pero no deja de ser hipnotizante, como se pierde en ese enorme traje, como un comentario hacia el avasallante capitalismo ochentero. Su comentario satírico hacia el consumismo sería inspiración para varias bandas en el futuro, incluyendo a Radiohead, quienes tomaron el nombre de la banda de una canción de Talking Heads.

Stop Making Sense encapsula el esquizofrénico arte de esta banda de Nueva York. Hoy en día sigue siendo el ejemplo perfecto del filme de un concierto llevado a otro nivel de arte, dejando los clichés de lado, e inspirando a miles de músicos, y cineastas, a su paso.

4.5 / 5

Lemonade

3 Dec

Es el acompañamiento visual al aclamado álbum de Beyoncé, Lemonade (2016). Este “video álbum” sirve para exaltar los mensajes de las canciones, aunque no se escucha el disco en su totalidad; sin embargo, las canciones de aquel trabajo adquieren un sentido más poderoso, casi poético, al entrelazar los sufrimientos de un engaño marital a planos más trascendentales, como el histórico sufrimiento de la mujer afro-americana en Estados Unidos, especialmente en el sur. “Queen Bey” utilizó a seis directores diferentes, incluido a Kahlil Joseph y el viejo lobo de mar de los videos musicales, Mark Romanek; el producto final es experimental y llamativo, muy de acorde con los videos musicales a los que estamos acostumbrados, hay una influencia de Terrence Malick (con quien Joseph trabajó en To The Wonder) y de Lars von Trier, en cuanto a la composición visual. Algunos pasan de lo ridículo a lo entretenido, como Beyoncé, en “Don’t Hurt Yourself”, caminando por la calle (claramente un set de estudio, quizás el mismo de “Make Some Noise” de los Beastie Boys) rompiendo cosas con un bate, para después subirse a un monster truck y aplastar unos cuantos carros, todo filmado en blanco y negro.

Lo que uno aprecia en este trabajo, al igual que en el álbum, es la evolución de Beyoncé de ensimismada berrinchuda, dolida por una infidelidad (tampoco digo que sea poca cosa), a incorporar elementos más importantes de su pueblo (entendemos que ella lucha por la mujer afro-americana), saltando a otros puntos geográficos, incluso otras épocas, específicamente la que llaman “antebellum” en el sur de EUA, antes de la Guerra Civil, y en los plantíos sureños donde la esclavitud era practicada. Los desplantes infantiles de las primeras canciones, como andar tirando swag, por ejemplo, la escena del bate que mencionaba, y del monster truck aplastando carros, da paso a una templanza que es merecedora de su cultura, de su gente, y de los sufrimientos que han aguantado otras mujeres negras, casi desde tiempos inmemoriales, para que ella pueda estar donde está. Yo me quedo con eso de Lemonade, tanto el álbum como este filme. Cabe decir que el álbum fue muy celebrado el año pasado y estuvo en muchas listas de publicaciones sobre los mejores álbumes del año.

Al inicio del filme, en modus millenial, tirando swag, con un bate, explosiones y “slaying, bitch”

Aparecen varios cameos de mujeres afro-americanas reconocidas, como Quvenzhane Wallis (a quién vimos en otra película sobre el “antebellum”, Beasts of the Southern Wild), Zendaya y la tenista Serena Williams bailando sensualmente durante la canción “Sorry”. También hay cameos culturales como el de Malcolm X diciendo “la mujer a que se le falta más el respeto en América, es la mujer negra. La persona más desprotegida en América es la mujer negra”, así como muchas alusiones a la esclavitud antes de la guerra civil, composiciones que aluden a los ahogados de Igbo, por ejemplo, un grupo de esclavos que prefirió ahogarse en el pantano, que vivir en la esclavitud.

Esta generosidad hacia sus antepasados, se va desenvolviendo hacia el final, al mismo tiempo que sostiene una narrativa personal entre ella y su familia, Jay-Z aparece en la porción para “Sandcastles”, y la pareja se deleita en su mutua presencia, aparentemente trayendo a Beyoncé a aceptar al amor de su vida, a pesar de sus infidelidades (sugeridas en las otras canciones), esto para aclararle a todos que sí, los desamores en las letras de las canciones van dirigidas a su esposo, HOVA. Ahora, si creen que la pareja más poderosa (y conocedora) dentro del entretenimiento, van a divulgar sus problemas personales; sin antes calcular cada riesgo, cada palabra; para el disfrute del público entero, pues creo que sería ingenuo, esto también en referencia al álbum de Jay-Z, 4:44 (2017), que supuestamente le “responde” a Lemonade.

Cerca del final, recreando a los esclavos en Igbo Landing, 1803

Pero para degustar un trabajo audiovisual que cautiva, Lemonade no decepciona; nuevamente, preferentemente como un acompañante del álbum. El crédito que le merece a la misma Beyoncé es algo para debatirse, estamos hablando de una figura dentro del entretenimiento que tiene a veinte co-compositores en solo una de las canciones del álbum, que reclutó a artistas como Jack White y Father John Misty, para darle el sonido que ella estaba buscando en ciertas rolas; el número de gente involucrada en el álbum, disponible en Wikipedia, se aprecia a simple vista como impresionante, al igual (y ya lo verán) los créditos de este trabajo fílmico, que fácil es 5 veces el número de individuos involucrados; y que nuevamente, empleó a 6 directores de renombre para este filme de solo una hora. Es tema aparte, yo la considero como una increíble gerente de proyectos (y con recursos, lana, para tirar para arriba). Es mejor disfrutar este “video álbum” sin prejuicios.

P.S. Aquí la porción de mi canción preferida, “All Night”:

3.5 / 5

The Song Remains The Same

27 Oct

Después de fumarme dos veces la discografía completa de Led Zeppelin, consideré que sería propio cerrar el “estudio” con este “rockumental”, o “concert film”, como más bien le llaman a este sub-género. Finalmente llegue a la conclusión de que no de ahora en adelante no tendré ningún pedo con algunas personas que juran que Led Zeppelin ha sido la mejor banda de todos los tiempos, no comparto la opinión, pero creo que entiendo porqué lo dicen.

La discografía del grupo es un tema aparte, pero en The Song Remains The Same encontré algo que me faltaba ver: el poder de la banda en vivo. Filmado por tres noches en el icónico Madison Square Garden de Nueva York, la presencia de la banda sobre el escenario es imponente, también en parte a las tomas en plano picado invertido del director Joe Massot, y su reemplazo, el director australiano Peter Clifton, quién sugirió filmar escenas adicionales en un estudio en Inglaterra. Me fue muy difícil diferenciar entre las escenas auténticas en el Garden y aquellas donde hacen playback en el estudio inglés. El representante del grupo, Peter Grant, uno de los managers más temidos en la historia, despidió a Massot y luego también tuvo problemas con Clifton. Hubo tanto conflicto, que el filme se demoró 3 años en estrenarse después de haber filmado los conciertos en Nueva York.

Efectos especiales como estos se volvieron sosos en los 80’s, pero a principio de los 70’s, eran cool.

Los miembros del grupo expresaron su insatisfacción en años posteriores sobre el performance que dieron, ya que el estándar de calidad para una presentación de Led Zeppelin era alto, pero el resto de nosotros podemos observar presentaciones potentes de clásicos como “Rock And Roll”, “Dazed And Confused” y “No Quarter”. Es memorable para muchos la extendida interpretación de “Moby Dick”, un número infaltable en el repertorio en vivo de la banda, es recordado por el solo instrumental del baterista John Bonham, a quién vemos, incluso, tocando la batería con las manos, sin baquetas. Fue lindo poder conectar algunos puntos, como por ejemplo en el último “rockumental” que había visto, Funky Monks, sobre los Red Hot Chili Peppers, vemos al productor (y ávido fan de Zeppelin), Rick Rubin, mostrándole al baterista Chad Smith algunos videos de Bonham (quizás este documental que estamos reseñando), analizando con él los movimientos del baterista (Bonham falleció en 1980), y en la siguiente escena, aparece Smith con el resto del grupo, durante una interpretación al aire libre de “They’re Red Hot”…está Smith tocando su batería con las manos, sin baquetas.

Ya sabíamos que la influencia de Zeppelin sobre la música y la cultura en general ha sido inmensa por décadas, pero finalmente, en The Song Remains The Same, uno puede ver, en primera fila, el swag de una banda de rock que por muchos años enseñó a otras bandas como tocar, vestirse, pararse en el escenario, y en general, cómo ser una banda de rock.

Mucho se ha dicho sobre las famosas viñetas surrealistas que están insertas a lo largo del documental, realizadas para quitarle la monotonía a más de dos horas de material de concierto. De hecho, la primera viñeta (y las primeras escenas del documental en general), con el manager Grant y el tour manager Richard Cole, semejando a gangsters de los 20’s durante un asesinato, habrá tenido a más de uno (como a mí) revisando el material videográfico para constatar que en efecto se trataba del documental sobre Led Zeppelin. Aparte de esa primera viñeta, el resto se centra en un personaje de la banda: el cantante mitad hombre, mitad elfo, Robert Plant; el enigmático y delgado genio de la guitarra Jimmy Page; el multi-instrumentalista y corte de príncipe valiente John Paul Jones; y Bonham, el lacónico baterista. A excepción del percusionista, las viñetas audiovisuales de los demás invocan algún tipo de fantasía medieval, con castillos, doncellas, monjes encapuchados, y uno que otro efecto especial, como Page aventando luz de los ojos, mientras se encuentra sentado a la orilla de un arroyo tocando un hurdy-gurdy. Solo Bonham escogió que lo filmaran haciendo las cosas que le gustan, incluyendo correr un dragster en una pista de carreras. Para los que no hemos mucho material visual de este hombre, cuyo fallecimiento ocasionó la desintegración del grupo, fue toda una revelación verlo disfrutando sus actividades, en video de muy buena resolución.

La viñeta surrealista de Robert Plant, donde se come un hongo

The Song Remains The Same es una presentación llena de poder, pero de belleza y melancolía también; ver a la banda dentro del auto al recorrer las calles de downtown Pittsburgh, con los acordes acústicos de “Bron-Yr-Aur” de fondo, es agridulce porque es sobre una época que ya no existe, uno ve el reflejo del sol en los rascacielos y siente que está vivo a mitad de los 70’s viviendo el sueño de rocanrol que apasionó a tantos baby-boomers. La textura de las escenas es cálida, gracias a la filmación en película cinematográfica. Al final escuchamos la versión de estudio de “Stairway To Heaven”, los grandes carros americanos del grupo parten del recinto terminado el concierto, el convoy pasa a un lado de una groupie que espera en uno de los túneles de la salida del estacionamiento, con dos coletas en su cabeza y vestida en un atuendo ajustado, espera a ver si uno de los carros de los músicos se detiene y se hace su día de suerte, pero se siguen de largo, no la pelan.

P.S. Aquí la interpretación de “Dazed And Confused”, algo leve, de 28 minutos, del primer álbum, Led Zepellin:

3.5 / 5

Funky Monks

15 Oct

Si juntamos este filme, el cual documenta el periodo de grabación de los Red Hot Chili Peppers durante Blood Sugar Sex Magik (1991); más Stuff (dirigido por Johnny Depp), que abarca los mediados de los 90’s; más el documental para la promoción de Californication (1999); llego a la conclusión de que la vida de John Frusciante fue documentada durante poco más de 10 años (desconozco si hay documental para algo de By The Way, del 2002, aunque ese periodo si está registrado en el libro Scar Tissue del vocalista Anthony Kiedis). Funky Monks es un recuento de las semanas de grabación de la banda californiana en la que dicen era la casa de Harry Houdini en Los Ángeles, para el álbum que los llevó al mainstream empezando los 90’s. Vemos el génesis y progresión musical de clásicos del álbum como “Suck My Kiss”, “Give It Away” y “Under The Bridge”; así como “Soul To Squeeze” que fue lanzado después.

Es un documento importante en la dinámica de la banda durante aquella época, y es interesante para aquellos que nos fascinamos con esas dinámicas de grupo que hacen funcionar a nuestros conjuntos favoritos. En este caso el cuarteto de Frusciante, Kiedis, Flea y Chad Smith se ve trabajando en conjunto y con su productor Rick Rubin (indudablemente uno de los oídos más finos dentro de la historia de la industria musical). Se ven jóvenes e hiperactivos, lo que uno reconoce en un “chili pepper”, de hecho, Flea sentencia en una toma individual: “Ser un ‘chili pepper’ es ser libre en tu manera de pensar, no tener ataduras, y esto se extiende a tu vida, a tu manera de vestir…ser alguien sujeto a los clichés del rocanrol no te haría candidato para ser un ‘chili pepper'”. Dentro de la historia musical de Los Ángeles puede haber otros grupos candidatos a ser los mayores prodigios musicales, como The Beach Boys o Love; pero no cabe duda que, al igual que The Doors en los 60’s, los Red Hot Chili Peppers llegaron a simbolizar ese libre espíritu californiano en estas últimas dos decadas.

Flea, Smith, Frusciante, Kiedis

La dinámica grupal en este documental es muy diferente a lo que fue post-Californication; aquí todavía se ve a un precoz Frusciante, inseguro frente a Kiedis, permanentemente buscando su aprobación, y al mismo Kiedis, durante uno de sus periodos de sobriedad, seguro y elocuente, en una de las escenas más memorables Frusciante, bien ondeado como siempre, opina sobre el álbum:

“Increíble, celestial, lo mejor del mundo”, mientras Kiedis hace caras de pena ajena, antes de intervenir.

“Si Baron von Münchhausen hubiese eyaculado a los cuatro de nosotros, los Red Hot Chili Peppers, sobre un tablero de ajedrez, Rick Rubin sería el jugador más apto para el juego”.

Frusciante sonríe pendejamente.

Es un documento interesante pero “for fans only”, filmado en el típico estilo de cinéma vérité (en blanco y negro, como no), es crudo para cualquier espectador casual (aunque no tanto como el mencionado Stuff, al que de plano califico como experimental-psicodélico, debido a la crudeza). Las cámaras hand-held están notablemente ausentes, lo que nos ahorra el típico mareo que uno encuentra al ver este tipo de trabajos, en su lugar, el manejo de cámaras trata de ser más artístico, aprovechándose de los bellos jardines de La Mansión (la cual Rubin, el productor, eventualmente compró para usarla como estudio), aunque debe decirse que ningún jardín se alcanza apreciar en blanco y negro y en filme de 16 mm (y peor aún, es difícil encontrar una copia de buena calidad de este filme). Pero si estás leyendo a estas alturas del texto, es porque tienes algún interés, en lo mínimo: pasajero, sobre los Peppers; en dicho caso, adelante, porque a mí me recordó cuanto quiero a este grupo, y en lo mínimo te llevas una hora de rockumental entretenido.

2.5 / 5

Gaga: Five Foot Two

26 Sep

El viaje interior por el mundo Gaga no rompe paradigmas en cuanto al retrato cinéma-vérité que caracteriza al rockumental sobre un artista en solitario que el mundo ha visto desde Dont Look Back, pero para los fans de Stefani Germanotta es una rebanada suculenta de su artista favorita, en el sentido que encuentra a la artista ante la disyuntiva artística de que hacer después de que se ha tocado lo más alto del firmamento pop. “Es increíble, pero es medio triste, ya no habrá algo más grande que esto”, dice Gaga en la antesala de su presentación durante el pasado Super Bowl LI (púdrete Brady), y se le ve bastante consciente de que ha pisado el “escenario más grande del mundo”. Es notorio que la artista se enfoca principalmente en una proyección masiva, en millones de discos, taquillas en los conciertos y premios; su obsesión con la fama, aquella labrada por las Hilton y las Kardashian, la sigue impulsando a ser competitiva; pero en Gaga: Five Foot Two, se asoma solo por momentos las raíces de su éxito, una compositora y prodigio musical que se barajea el piano y la guitarra como si fueran extensiones de su cuerpo.

Los que no son fans, pero solo observadores casuales podrán reclamar que este trabajo es casi un video press kit embalado para promocionar el último disco, Joanne, incluyendo los clichés divescos: confesiones en la cama de masajes, lágrimas en suites de lujo, y un perpetuo enjambre de estilistas, maquilladoras, manicuristas y asistentes revoloteando por su cabeza mientras ella se sincera con la cámara. No hay nada sobre los inicios de Gaga, sus primeros pasos e inspiraciones, su estancia en una banda de covers de Led Zeppelin, o sus primeros pasos como actriz en los Sopranos. Nada de eso, más que el génesis del último álbum, la agonizante muerte de su tía, Joanne Germanotta, antes de que ella naciera es de lo más revelador en este documental. El que la artista (cuyo segundo nombre es Joanne, en memoria a su tía) tenga una conexión profunda con una persona que murió antes de que ella naciera, el apego a la familia es fuerte para Gaga, “lo más importante en la vida”, dice ella…acto seguido toca “Joanne”, la canción, para su abuela y su padre, Joe Germanotta, este último no puede con la emoción y se refugia fuera de escena. El director Chris Moukarbel trata a veces demasiado en humanizar a Gaga, y aunque la técnica pueda ser burda, no hay duda que la verdadera Gaga tiene corazón.

Dos inseparables: sus cigarrillos de clavo y su clásico Mercedes Benz en powder blue

Hay un tema ineludible en todo este rollo, y es, la comparación con Madonna. No solo en el sentido general como artista (revolucionaria del pop), y hasta musical (los parecidos de “Born This Way” de Gaga con “Express Yourself” de Madonna, por ejemplo) sino específicos a este filme, y es que nadie puede hacerse el desentendido y pretender que este documental no tiene un fuerte parecido con Madonna: Truth or Dare; pero mientras Madonna utilizó al documental para presentase como una inagotable fuente de diversión, Gaga ha decido retratarse como el ejemplo viviente del sufrimiento de una artista multimillonaria. Gaga sufre sus desamores y su dolor físico, que la ha acompañado desde que se fracturó una cadera hace un par de años. Es válido, pero también puede ser desgastante, después de hora y media, escuchar a una artista lamentarse sobre males que le aquejan a millones de personas normales, desde su mansión en Malibú.

Five Foot Two es Gaga como ella quiere que la veas, si puede haber algo deliberado, o ensayado, en su andar por la vida, muy probablemente es que así sea en verdad, sumiendo los cachetes al fumar sus queridos cigarrillos de clavo ha de ser ya como un instinto para ella, y no es que esté prendiendo el charm para las cámaras, pero simplemente siempre está en ON, una auténtica showwoman (?) para el mundo. Sería como pensar que lo que vimos en Amy fue planeado, o su actitud a lo largo de 10 años fue deliberada, simplemente así era. Gaga carga con el peso de su fama, a veces de una manera mucho más dramática de lo que parece, pero esa es su esencia, entretiene hasta a su sombra.

2.5 / 5

The Devil And Daniel Johnston

20 Aug

El documental sobre el musico de culto Daniel Johnston. Puede que, como en mi caso, sigas pensando que el crudo, sincero y orgánico tipo de música que arroja este ícono del folk lo-fi no termine de convencerte en lo más mínimo, y distará mucho aquel día donde le puedas llamar “genio”, como todo mundo lo hace. Pero este filme por parte del director Jeff Feuerzeig es tan sincero, y labrado con tanto cariño, que no podrás dejar de empatizar con cada uno de los personajes que aparecen en la pantalla, y que han acompañado a Johnston desde su infancia; gente sencilla y común, que claramente no habían sido entrevistados antes, y que recurren al llanto cuando recuerdan los peores episodios de Johnston, todos relacionados a sus problemas mentales, principalmente lo que antes era conocida como la psicosis maniaco-depresiva, hoy en día: trastorno bipolar.

La popularidad de Daniel Johnston, como la conocemos hoy en día, empezó cuando Kurt Cobain anduvo usando por varios días una camiseta con la portada del álbum de Johnston: Hi, How Are You, y a partir de ahí se convirtió en el cantautor más conocido del underground, pero sus creaciones artísticas venían desde más atrás, como un niño precoz y creativo, hábil para dibujar, hasta que en la secundaria “perdió toda su confianza”, como dice su mamá. La degradación de su salud mental es inversamente paralela al ascenso de su carrera musical; Feuerzeig hace referencia al hostigamiento de la madre de Johnston hacia su hijo y como no lo bajaba de haragán, así como los principios Cristiano Fundamentalistas de la señora son el martirio de diario para Daniel. El director no deja de lado esta fuerte influencia religiosa sobre Daniel en esa conservadora comunidad en el estado de West Virginia, pero no lo utiliza como el chivo expiatorio de los demonios con los que carga el músico.

Daniel Johnston de joven

Daniel se escapa de su hogar y se une a la feria, viajando de ciudad en ciudad, hasta que después de tener un pleito con un trabajador del circo, acaba resguardándose en una iglesia de Austin, Tejas. La obsesión de Johnston por la música, especialmente los Beatles, lo llevan a improvisar canciones rudimentarias con un rústico rasgueo en la guitarra acústica, o un torpe golpeo en el piano; graba cassette tras cassette, y se presenta con los escritores de música y los disck jockeys locales, cuenta aún con el ímpetu de un niño inocente. Nadie de sus conocidos le auguran el éxito, y quién puede culparlos realmente…incluso lo supuestamente más elaborado de Johnston, como el reconocido Hi, How Are You, de 1983, supone un genio musical dentro de un chico con problemas mentales. Hay gente que si lo entiende a la primera escucha, como su primer manager Jeff Tartakov, quién de alguna manera representa a los aficionados de Johnston que adoran su música porque logran conectar de una manera muy especial con ella. Tartakov promueve fervientemente a Johnson, llega a ser su aliado más fiel que Johnston lo trata de la patada y llega a recibir los abusos por parte de la maldad oscura que se esconde en los problemas mentales de Johnston…recibe un tubazo en la cabeza por parte del músico que lo deja sangrando, y después es despedido por su “cliente”.

Sin embargo, en una secuencia bien editada, vemos a Tartakov cuando salió el documental (2006), como sigue empaquetando la música de Johnston, enviándola por correo a los compradores, y entregándole a Johnston sus debidas regalías…todo por el amor incondicional que le sigue teniendo a su música. La figura de Tartakov logra convencer al espectador que Johnson no llegó a ser una figura de culto solo porque todo mundo era buena onda con el “rarito”, sino que realmente podía llegar a indoctrinar a seguidores de sus canciones, con la supuesta “cruda honestidad” que sus composiciones poseen.

Daniel Johnston en el 2005

The Devil and Daniel Johnston nos muestra los acercamientos de Johnston con las grandes disqueras, que se pelean por su contrato a principios de los 90’s mientras el músico se encuentra en el manicomio. Los problemas mentales de Johnston llegan a tornarse más siniestros, especialmente después de un concierto que atiende de los Butthole Surfers (donde prueba el LSD por primera vez), y su comportamiento es cada vez más irracional y hasta malvado, hasta que una vez, cuando iba con su padre en la avioneta de este último, Johnston avienta las llaves de la avioneta a medio vuelo, debido a que se creía Casper el Fantasma. Algunos testimonios, como una de sus mejores amigas de Austin, dejan entrever que no todo era inocencia infantil con Johnston, que su enfermedad conllevaba tendencias más oscuras, hasta perversas y violentas…pero Feuerzeig ignora, en su mayoría, este aspecto de la vida de Johnston.

Finalmente vemos a Johnston en el 2006, años después de que su único álbum grabado profesionalmente Fun (1994) fracasó en el mercado. Vive con sus padres, que se preocupan que será de su hijo una vez que ellos no estén.

The Devil and Daniel Johnston es un gran trabajo hecho con cariño, no busca glorificar al artista, o convencernos de que en efecto Daniel Johnston es un genio musical, se enfoca, más bien, en construir su camino a través de cientos de pedacitos, de memorias del mismo Johnston y de los que lo han acompañado por ese camino que no ha sido fácil para él ni para los que lo rodean.

P.S. Aquí la canción “I Had Lost My Mind” de Daniel Johnston, como fue animada para el documental:

3.5 / 5

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