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Whiplash

19 Mar

Finalmente llegó la oportunidad de ver la segunda película de Damien Chazelle, Whiplash (aunque me adelanté, y ya había visto antes su tercera película, La La Land). En la composición cinematográfica de este filme hay emoción, diversión y cadencia; trata sobre el jazz, así que voy a hacer la referencia trillada y obligada de que el ritmo y composición de este filme se desenvuelve al compás de aquel género musical norteamericano, con libertad y frescura. El jazz es el fondo pero realmente el filme es sobre la pasión real y verdadera, por el arte, por hacer algo, no pasión por otra persona (algo explorado hasta el cansancio); es sobre una dedicación inquebrantable por tu arte, casi por tu razón de existir.

La verdadera ópera prima de Chazelle, Guy And Madeline On A Park Bench, un romance en Boston, realmente no era indicio de lo que estaba por venir, un filme tan espectacular como Whiplash. Centrado en la ficticia escuela del Conservatorio Shaffer de Nueva York (simulando a la prestigiosa Juilliard), el joven Andrew Neiman (Miles Teller) es un ambicioso baterista de jazz que tiene bien definido lo que será el éxito para él: “prefiero morir solo, a los 34 años, de una sobredosis de heroína y que todos hablen de mí; a morir a los 90 años, sobrio y que nadie hable de mi”, les dice a sus ingenuos familiares en la mesa de la comida, haciendo alusión al legado del icónico jazzista norteamericano Charlie Parker (cuyo declive es re-imaginado en El Perseguidor de Cortázar). 

Andrew tiene un encuentro “fortuito” con el maestro de la orquesta de jazz titular del instituto, el tiránico Terence Fletcher (J.K. Simmons), y a partir de ahí se convierte en su obsesión complacer al maestro y conseguir su aprobación, tanto como ser un buen baterista per se. El maestro insulta, pega y humilla a sus alumnos en pretexto de alcanzar la perfección. Emplea juegos mentales con Neiman y el prejuicio crítico nos inspira a pensar que todo es por el beneficio del joven, seguramente Fletcher es sádico con sus otros alumnos, pero no con el personaje principal de esta película que estamos viendo, es porque le tiene un tipo de cruel cariño y cree en él, o no?

Fletcher deconstruye emocionalmente al joven inocente y lo reconstruye en su imagen: implacable en busca de la perfección, insensible con las otras personas. Incluso Neiman se arma del valor para por fin invitar a salir a esa chica bonita que trabaja la dulcería en el cine, pero en el apogeo de su obsesión con la música, le dice después que ya no la puede ver, porque va a ser una distracción para él, y le augura una vida mediocre; y muy al estilo de La Red Social, la anda buscando todo arrepentido más adelante, para enterarse que ella siguió su camino y simplemente está con alguien más.

La arrogancia de Neiman es hasta refrescante, no nos obliga a estar con un personaje simplemente porque “es el bueno”. Por el otro lado, el malvado Fletcher de J.K. Simmons es todavía más complejo, sinceramente es imposible determinar al final de la película si las acciones del viejo son sinceras, si está siendo amable en momentos para recopilar información de su víctima solo para atormentarla después con esos datos íntimos; como cuando Fletcher parece que se trata de congraciar con el nuevo alumno Neiman, preguntándole sobre sus padres, para después, ese mismo día gritarle judío y echar en cara la carrera fallida como escritor de su padre, Jim (Paul Reiser), quien en lugar de ser escritor, enseña en una preparatoria. Fletcher es despedido del instituto a causa de sus agresivos métodos para enseñar, gracias a padres de familia de otros alumnos pasados, que desean que ningún otro chico vuelva a sufrir el tormento del maestro.

Neiman y Fletcher (haciendo lo que mejor sabe hacer)

Se abre una interesante discusión sobre quién es un buen artista y quién no, Fletcher, supuestamente siendo sincero con Neiman, le dice que lo peor que se le puede decir a alguien, es “good job”, invitándolo a ser complaciente y mediocre. Le encanta la historia de cómo Charlie Parker una vez casi recibe un platillo de la batería en la cabeza, porque estaba tocando mal, y como eso lo inspiró a practicar hasta convertirse uno de los músicos del jazz más reconocidos. Él convence a Neiman y casi nos puede convencer a nosotros, el público, tal vez el mayor mérito de Chazelle, al empezarte a hacer las preguntas más profundas sobre su película en una segunda vista, o tiempo después de la primera, si hemos caído en el juego de Fletcher, al igual que Neiman? Una deliciosa incomodidad qué sirve para comprobar que Chazelle ha cumplido su cometido. Y aun así, en una de las escenas climáticas, Fletcher y Neiman comparten una mirada a los ojos como iguales, como colegas y como dos humanos que comparten una pasión; dándole un pequeño destello de esperanza a toda la trama.

El tema de: el jazz que muere como arte, volvió a aparecer en La La Land, y uno supone que no va a ausentarse en los futuros trabajos de Chazelle en el futuro – al hombre le gusta el jazz. Pero en Whiplash, más que un sermón, logró desarrollar una historia más cautivadora y poderosa. No cabe duda que Whiplash resulta ser tan buena como decían.

La película ganó mejor edición, mezcla de sonido y actor de reparto para Simmons en los premios de la Academia del 2015. No habrá mucho que explicar, una vez que tú puedas ver las poderosas escenas en el cuarto de ensayo del ficticio Instituto Shaffer.

P.S. Aquí Fletcher atormentando a Neiman en una escena:

4.5 / 5

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La La Land

15 Mar

Recuerdan la primera parte de Mulholland Drive, antes de que la trama de un giro de 180 grados?; La La Land es como esa primera mitad, donde todo es color de rosa, todo es dulce, donde se te cae el frasco de leche y solo dices “rayos!” con un gesto chistoso. Es un gran romance agridulce para ser bebido y disfrutado por sus ricos sabores sin temor a alguna consecuencia negativa como malestar estomacal, los que no estuvieron de acuerdo con el final creo que no están entendiendo el punto, de que este melodrama fue hecho para disfrutarse dentro del confort de este mundo de fantasía de los musicales del viejo Hollywood. Tristeza y fracaso?, simplemente recordar la otra mitad de Mulholland Drive para encontrar a actrices que fracasan y sueños que no se pueden alcanzar, para regresar a las realidades de la vida; o hay que dar un paseo por Hollywood Blvd, donde las estrellas yacen en el piso, y ver a todos esos actores de traje en pleno sol apestando a rayos para tomarse unas fotos con los turistas, para recordar de otra forma la verdadera realidad de Hollywood. La La Land: Una Historia de Amor no se trata de eso, se trata de imaginar y disfrutar sin remordimientos.

Si lo he dicho una vez, lo diré cien veces: los melómanos hacen las mejores películas, y en este caso, el escritor y director Damien Chazelle realiza uno de los productos más inverosímiles de Hollywood: el musical; pero dejando que la pasión por la música y el arte se salga un poco por las orillas desgastadas de este lienzo, no es perfecta, como por ejemplo haber puesto en los roles principales a Ryan Gosling y Emma Stone, dos actores que definitivamente no son cantantes ni bailarines, simplemente hay que ver a Stone bailando el primer número con Gosling, “A Lovely Night”, para ver que tiene la agilidad de una lata de frijoles, pero encontré en eso, y en la voz de pito para cantar de Gosling, una historia sobre la pantalla más creíble y orgánica. La La Land con Justin Timberlake y Rihanna, o dos profesionales de los escenarios neoyorquinos, hubiera estado un poco más de hueva y medio plástico, demasiado perfecto. Chazelle filma a Sebastian (Gosling) y a Mia (Stone) de cuerpo completo, con poca edición, dejando que el público pueda disfrutar de los números de baile sobre los impresionantes fondos de la producción, como un cielo estrellado adentro del Observatorio Griffith en el número “Planetarium”, o una creativa re-imaginación de París durante una audición de Mia, en el número “Audition / The Fools Who Dream”, casi no hay cortes en la edición, y la cámara, sin cortar la toma, hace paneos suaves, para un lado y para otro, para arriba y para abajo, como para ver la acción desde otro punto de vista; algo muy diferente a lo que puede pasar en un mal musical, como las tomas cerradas de la nefasta Xanadu, de Olivia Newton-John.

Seb y Mia bailando en el observatorio de Griffith Park…cool, no?

Sebastian (Gosling), es un apasionado músico de Jazz, quien por el momento toca en el piano canciones navideños adentro de un restaurante; y Mia (Stone) es una aspirante a ser actriz que por lo pronto trabaja en un café adentro del campus de Warner Bros. Después de que la película empieza con un espectacular número bailable por parte de decenas de personas en el cruce de las autopistas 105 con la que va hacia el centro de Los Ángeles: la 110 (los rascacielos se ven en el fondo), Sebastian y Mia se conocen por primera vez, de carro a carro, en el típico “meet cute” de una película romántica, se tocan el claxon y se pintan el dedo. Sebastian y Mia logran hacer lo que prácticamente es imposible en L.A., volver a encontrarse de casualidad no una, sino dos veces. Eventualmente entablan una relación y se enseñan la pasión que tienen por sus respectivos artes, Sebastian sueña con tener un club de jazz, un pequeño lugar donde pueda sobrevivir el jazz auténtico, porque dice que no lo puede dejar morir. Y Mia habla de cómo creció con la influencia de su abuela, que le inculcó el amor por el viejo cine y cuenta con los viejos posters de Casablanca, y otros clásicos, por su departamento…o sea para nada quiere ser una actriz por la fama y por emular a las estrellas vacías de hoy como las Kardashian-Jenner-como se llamen, sino que su amor por el cine, el clásico, es auténtico, igual al amor de Seb por el jazz original. La La Land es Chazelle, el protector de las bellas artes, en su etapa más nostálgica y clásica; como su previo filme, Whiplash, pero sin todo eso de la auto-referencia (Chazelle quería ser baterista de jazz originalmente, al igual que el chavo en Whiplash).

Chazelle asalta el género más emblemático del viejo Hollywood: el del musical, con una buena surtida gama de referencias, guiños y tributos a trabajos del pasado, incluso desde antes de la primera escena ya estamos viendo el logo de CinemaScope, antiguo formato de filmación que dejó de ser utilizado en 1967 (en efecto, no fue filmada digitalmente, sino en filme, pero no en verdadero CinemaScope, pues esa tecnología ya está extinta), y se vienen referencias a clásicos del género musical como el francés The Umbrellas of Cherbourg (1964) y el americano Singin’ in the Rain (1952, y para mi gusto, el musical en su máxima expresión dentro del cine); así como Seb le asevera a Mia que él está dispuesto a salvar el jazz, Chazelle pretende hacer lo mismo con el género musical, aunque sigamos viendo trabajos dentro de esta categoría con regularidad, como por ejemplo Chi-Raq de Spike Lee el años pasado. Sin embargo, durante los pasados premios de la Academia, cuando Moonlight se alzó con el premio a mejor película, Chicago (2002) sigue siendo el último musical en ganar dicho Oscar.

El eventual amor de Sebastian y Mia se desenvuelve por los lugares más emblemáticos de L.A. (NO, no incluye Disneylandia ni Universal Studios…pero las Torres Watts, que pareja va ahí?), y durante la segunda parte de la película los personajes se ponen a realmente a pelear por sus sueños; tras varios castings fallados, Mia pone en escena un show solista escrito y estelarizado por ella, mientras que Seb se une a un grupo de jazz-rock de su amigo Keith (John Legend). El desenlace de la pareja y de sus sueños profesionales puede dejar frustrado a más de uno en el público, pero creo que no es el punto de este trabajo de Chazelle, el punto es disfrutar este cuento de hadas, que cuenta con una excelente producción, y que se desarrolla en la “City of Stars” (como lo dice uno de los números, algo insípidos, a mi parecer, del amigo de Chazelle, Justin Hurwitz). La La Land es una dicotomía, Chazelle le pide a su público que encuentre lo mágico de lo auténtico dentro de un musical moderno sobre Hollywood; los chistes son sobre vivir en L.A., pero sus tomas más impresionantes son sobre la ciudad, ya sea Mia y Seb bailando frente a un atardecer en Mulholland Dr. o en las afueras de Griffith Park, expresan la confusión que muchas personas, aspirantes a ser artistas, tienen una vez en L.A., algo como: me dijeron que esta, se supone, es la ciudad de los sueños.

4.2 / 5

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