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Baby Driver

10 Mar

 

El director británico Edgar Wright (Shaun Of The Dead, Hot Fuzz) hace entrega de una emocionante película de acción, pero sin la clara intención cómica de sus previas aventuras cinematográficas. Ansel Elgort (The Fault In Our Stars) es Baby, un conductor de escape para asaltos bancarios; silencioso por naturaleza, pero dotado con el don de manejar muy rápido y esquivar muchos obstáculos, Baby es como una versión más relajada del personaje de Ryan Gosling en Drive. La seña particular de Baby es el par de audífonos que permanentemente tiene en sus oídos, donde sincroniza playlists repletos de canciones de rock, soul y motown para coreografiar sus huidas.

La obsesión de Baby por la música es simpática, pero se siente trillado, el típico tick del héroe de la película de acción. De hecho la película de Wright, quién también escribió el guion, está nadando en clichés de película de policías y ladrones; el villano principal y cerebro de los asaltos, a quién le llaman el Doctor (vaya originalidad) es Kevin Spacey (pre-escándalo) en un papel frío y calculador; Jon Hamm es uno de los asaltantes, y su interpretación de bad-boy grasoso es tan estereotipado que Negan de The Walking Dead le queda corto; Eiza González es la gatita coqueta y peligrosa; y Jamie Foxx es el típico gangster híper-agresivo.

El dilema de Baby está en mantener su vida criminal separada de su vida personal, que incluye el cuidado de su padrastro, un viejito sordo afro-americano, y su nuevo amor, (agárrense porque esto si está cursi) la mesera (Lily James) del café donde trabajaba su mamá. Por un malentendido con el Doc, Baby acaba debiéndole mucho dinero, así que pone sus talentos de manejo a disposición del personaje de Spacey para pagar su deuda. Pero obviamente que el Doctor no lo va a dejar ir tan fácilmente, y cuando Baby cumple con su deuda, el jefe lo amenaza con lastimarlo a él y a su novia y a su pobre padrastro negrito en silla de ruedas, si es que decide dejar de manejar para él. Baby tendrá que ser el máximo bad-boy rebelde si quiere escaparse de las fauces del capo criminal, la policía, y fugarse por siempre con su novia, donde como se dicen entre ellos románticamente “solo seremos nosotros, el camino y la música”.

Eiza González y Jon Hamm

La música es un ingrediente clave en esta obra de Wright; es la inspiración principal de Baby, tanto literalmente (la tiene siempre presente en sus audífonos, sincroniza sus escapes con cada canción), como de una manera más simbólica (la madre fallecida de Baby era cantante, y uno de los casettes más preciados de Baby es de su mamá, cantando “Easy” de los Commodores). La película puede parecer demasiado dependiente de la música, se siente que cada 3 minutos nos introducen en otro segmento musical, llega un punto en donde nos dan ganas de pedirle a Wright que mejor se dedique a ser director de videos musicales.

Tiene un songtrack interesante, pero no excepcional, con rolas algo desconocidas de Simon & Garfunkel (la que le da el título a la película), T. Rex, Beck, The Damned; hasta se da el lujo de incluir algunos instrumentales de Blur y R.E.M.; y gracias a productores como Kid Koala, se hicieron unos mixes específicamente para la película, que se supone que Baby se pasa produciendo en su cuarto durante sus tiempos libres. Si fuera 1996, el songtrack y la prominencia de un songtrack ecléctico hubiera sido algo refrescante, pero después de Tarantino, y en pleno 2018, se aprecia un poco aburrido y pretencioso, el obrar de una película tratando desesperadamente de ser insufriblemente cool; el resultado final es, en el mejor de los casos, nada espectacuar.

Esa fue mi impresión inicial sobre Baby Driver (El Aprendíz Del Crímen, en español), una película por demás pretenciosa de Wright, pero una vez que me familiaricé con la situación precaria de Baby, me dejé seducir por lo que la primera escena espectacular de persecución insinuaba: esta era básicamente una buena película de acción. Los escapes de Baby producen unas persecuciones policiacas por las carreteras de Atlanta muy emocionantes, con nuevas ideas para eludir a esos molestos helicópteros policiacos. Wright se empeñó en utilizar el menor número de efectos de pantalla verde posibles, y se aprecia en la velocidad y habilidad de los conductores de stunt para derrapar, quemar llanta y aventarse unas maniobras, como un doble derrape en U, que te dejan preguntando “como le hicieron?”, y hasta percibiendo un ligero olor a llanta quemada en el ambiente.

Los efectos están apegados a la autenticidad, pero son ejecutados y editados con un guiño de fantasía; de hecho, con su ritmo acelerado, su violencia cómica, su tendencia hacia lo musical, y su iluminación alegre, Baby Driver es como el hermanito menor de Drive; donde ambas películas hablan sobre el solitario chofer criminal, pero cada una con un tono MUY diferente. Drive es muy superior a la película protagonista de esta reseña, debo decirlo.

P.S. Aquí la buenísima primera persecución, Baby conduce a su equipo hacia la libertad.

3 / 5

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